 Los enigmas de
la política minera
¿Qué sentido tienen los recientes cambios en la legislación?
La anterior administración
gubernamental realizó en agosto último una serie de cambios en la legislación minera
cuyo sentido no resultó claro para los principales agentes del sector. En el actual
contexto político, con nuevas autoridades al frente del Ministerio de Energía y Minas,
conviene tratar de entender las razones que motivaron esas modificaciones, así como tomar
nota de sus límites y de los riesgos que suponen. |
Los cambios realizados en la legislación minera a
mediados de agosto último llamaron la atención de propios y extraños. Después de casi
una década de una promoción que ha generado incrementos importantes en la mayoría de
los indicadores del sector -por ejemplo, un aumento de la inversión minera y una
expansión de la producción de casi todos los minerales (ver cuadro)-, la modificación
de la política plantea una serie de incógnitas.
Algunas de estas interrogantes son las siguientes: ¿se impusieron
acaso objetivos fiscales de corto plazo al momento de definir los cambios en la
legislación minera? En este caso, ¿se puede evaluar el desarrollo del sector tomando
únicamente en cuenta su aporte al fisco? ¿Es que acaso el típico debate sobre la
apropiación de la renta minera está de nuevo sobre el tapete? En este nuevo contexto,
¿se seguirá invirtiendo en minería con la misma intensidad?

Los cambios efectuados -el aumento del costo de los derechos de
vigencia, la eliminación de la exoneración tributaria a la reinversión de utilidades y
la reducción de la tasa de depreciación- parecieron indicar que el gobierno de Alberto
Fujimori prefirió apostar por el corto plazo en el sector minero.
En opinión de los involucrados en el sector, estas medidas tendrán
consecuencias desfavorables en la atracción de los capitales extranjeros necesarios para
desarrollar los grandes yacimientos de La Granja, Michiquillay y Quellaveco, entre otros.
Según Ernesto Baertl, presidente de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y
Energía, se está poniendo en peligro una inversión estimada de siete mil millones de
dólares en los próximos siete años. Estos agentes consideran que la minería es una
actividad de largo aliento con una alta sensibilidad al cambio de reglas y, por lo tanto,
ellos no entienden cómo el gobierno anterior pudo arriesgarse a perder la confianza de
los inversionistas cuando costó más de diez años recuperarla.
Una visión menos apasionada de los hechos podría encontrar alguna
racionalidad en los cambios efectuados por la anterior administración. Pareciera que el
gobierno decidió aumentar el nivel de rentas mineras que le tocaba bajo el supuesto de
que las empresas que operan en el país no se pueden retirar dados los grandes montos que
ya invirtieron y por los compromisos de inversión que han firmado.
De acuerdo con esta visión, ninguna mina en operación o en
construcción dejará el país por los cambios realizados, ya que la inversión efectuada
es un costo hundido -es decir, irrecuperable- y es probable que los yacimientos cuya
exploración esté avanzada sigan adelante con sus planes de desarrollo.
Al menos eso parecen haber pensado las anteriores autoridades
gubernamentales al momento de implementar las medidas de agosto, en parte porque existe
una percepción general de que los precios de los minerales se recuperarán. Por ejemplo,
se estima que la libra de cobre llegará a venderse a un dólar a finales de este año; es
decir, 20 centavos más que su cotización actual, y que también se experimentarán
mejoras en los precios del resto de metales básicos. Cotizaciones más altas
significarían mayores tasas internas de retorno y, por lo tanto, los proyectos seguirían
siendo atractivos para los inversionistas.
Más aún, la elevación de los derechos de vigencia1 bajo el pretexto de que existe especulación ha traído como
respuesta del sector que tal especulación no existe y que, más bien, buena parte de los
petitorios ha sido devuelta. La tendencia a la baja en la exploración ha sido clara en
los últimos cuatro años y muchos analistas han señalado en distintos foros que la
década pasada fue la década de la exploración minera y que a partir del 2000 se ha
entrado en la fase de desarrollo.

Entonces, resulta claro que un aumento de los derechos de vigencia no
puede causar mayor daño a la exploración porque ésta ya estaba decreciendo. El
incremento de las tarifas puede contribuir a aumentar o a mantener los ingresos fiscales
por este concepto durante el próximo año. Lo que se perdería por la devolución de los
petitorios no tan atractivos se recuperaría por el deseo de mantener los más promisorios
a pesar de que esto implique pagar un mayor precio. Sin embargo, habría que pensar qué
pasará cuando se produzca otra ola de exploraciones a escala mundial.
Los dos argumentos anteriores pueden justificar el cambio de medidas,
ya que esta modificación constituiría una forma en que el gobierno elevaría sus
ingresos fiscales en el mediano plazo. Sin embargo, se ha dejado de tomar en cuenta, al
parecer, dos factores importantes.
En primer lugar, los pronósticos de precios son conjeturas sensibles a
los cambios ocurridos en otras variables. Basta recordar que la última baja de los
precios de los minerales se desencadenó por la crisis financiera asiática aunque los
pronósticos de demanda eran auspiciosos.
Más aún, el London Metals Exchange ha dictado
recientemente medidas orientadas a evitar los manejos especulativos que algunos
productores hacían de los stocks depositados en los almacenes de esta bolsa a fin de
elevar las cotizaciones. Ellos retiraban sus stocks por periodos muy cortos para crear una
falsa escasez y de este modo, los precios se elevaban.
Además, por el lado de la oferta, las grandes compañías mineras
están embarcadas en una serie de adquisiciones y fusiones para aumentar la concentración
en la industria y obtener mayor poder de mercado, ya que la tendencia es que las nuevas
tecnologías disminuyan el costo de producción de los metales y, por tanto, haya un
efecto a la baja en las cotizaciones. Esto quiere decir que los pronósticos de precios
están sujetos a un alto grado de especulación y, por lo tanto, a una gran variabilidad.
En segundo lugar, se ha dejado de tomar en cuenta, al parecer, que el
Perú compite con otros países por atraer la inversión minera. Si bien la inversión en
exploración subió de 10 millones de dólares en 1989 a 210 millones de dólares en 1997,
el Perú, a pesar de su riqueza minera, únicamente captó 14% del presupuesto
exploratorio para América Latina y se ubicó detrás de Chile, Brasil y México.
Esto se debe a que casi todos los países de la región han avanzado en
hacer reformas en sus códigos mineros para atraer y facilitar la inversión directa
extranjera. Por ejemplo, Chile ofrece una tasa básica de 15% para el impuesto a la renta
y la Argentina, una depreciación de 60% del monto total de la infraestructura necesaria
para la operación en el año fiscal en que se produzca la habilitación de dicha
infraestructura y el 40% restante en los dos años siguientes.
Existe otro elemento de la regulación minera que no se percibe
directamente y que puede ser un factor contundente en la decisión de invertir o no.
Según un estudio de la Universidad de Toronto,2 algunos marcos regulatorios premiarían la intensidad de capital del
sector minero. Así, a pesar de que la tasa general del impuesto a la renta y otras
regulaciones más visibles como la reinversión de utilidades no sean tan ventajosas, la
tasa impositiva efectiva del proyecto puede variar poco debido a una serie de deducciones
(depletion allowances y write-offs) no gravables. Ello puede hacer que un proyecto minero
resulte sumamente atractivo.
Por ejemplo, la tasa impositiva efectiva a la que está expuesto un
proyecto minero en Chile sólo aumenta 2% si el costo del capital pasa de 10% a 25%, y en
países como México, Brasil y Australia, más bien disminuye en 2%, 4% y 10%,
respectivamente, con un aumento del costo de capital de esa magnitud. Es decir, si el
proyecto se encarece por el costo del capital, existe una compensación en la parte
tributaria. Independientemente de que la medida sea razonable o no -puesto que de este
modo los gobiernos estarían disminuyendo artificialmente el riesgo de las empresas
mineras-, ése es el tipo de competencia con el cual el Perú tendrá que lidiar por
atraer el capital extranjero.

Principales indicadores del sector minero
|
1990 |
1999 |
|
Valor de producción minera (millones de soles de 1994)
Exportaciones mineras (millones de dólares)
Cobre
Plomo
Zinc
Plata
Oro
Inversión minera estimada (millones de dólares)
Monto de privatizaciones (millones de dólares)
Inversión directa extranjera (millones de dólares)
Recaudación de impuestos (porcentaje sobre total)
Recaudación de impuesto a la renta (porcentaje sobre total)
Personal ocupado en minería
Miles de hectáreas incluidas en petitorios (acumuladas por año) |
2 504
1 480,5
670
185
416
79
9
20,9
557 (b)
50 684
404,2 |
5 396
3 009,3
776
177
462
169
1 192
1 101,4
2 171 (a)
1 166
12,5% (c)
11% (c)
56 485
2,117 (d) |
a
b
c
d |
Acumulado de 1991 a 1997. Incluye montos pagados en
efectivo y en papeles de deuda, además de compromisos de inversión.
Dato correspondiente a 1992.
Corresponde a 1998.
El máximo de hectáreas acumuladas en petitorios fue de 7 793 000 en 1992. |
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Esto indica que la apuesta hecha por el gobierno anterior implica un
alto riesgo pues se supuso un escenario sumamente favorable para los precios de los
minerales y una escasa competencia por la atracción de la inversión extranjera. Si
realmente se quiere que la inversión minera se mantenga para así impulsar el desarrollo
nacional y regional, más bien habría que pensar en medidas que disminuyan el riesgo en
las etapas más inciertas del proceso minero, como la exploración, y encontrar esquemas
más justos de distribución de rentas en la etapa de explotación.
Además, el gobierno, las empresas y las propias comunidades deben
buscar activamente esquemas que fortalezcan las capacidades de las poblaciones en las
regiones mineras y las de los productores nacionales, para que ellos también se
beneficien del crecimiento del sector. No debe olvidarse que el desarrollo regional y
nacional, al igual que el negocio minero, tiene un largo periodo de maduración (Juana R.
Kuramoto).


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